viernes, 4 de marzo de 2011

Cara de guiri


Hacía tiempo que no repasaba lo mucho que me ponen los tipos con aspecto de ponerse tibios a pintas.



O de ir de vacaciones a Majorca e ir en pelotas todo el día por el simple hecho de poder. De no pillar una neumonía por culpa de un clima borde.

Aunque el señor de arriba en concreto tiene un pechito que hace que puede tener cara de lo que quiera, que en el fondo me da igual.


Este último tiene más bien cara de tonto. Pero será la foto. Está fofete de un modo que no tiene gracia y tiene micropene. Realmente, si no es por la cara de guiri seguramente ni le haría caso. De todos modos, estoy seguro que mi hermano Conrado me ayuda al verlo con las chanclas puestas...

miércoles, 2 de marzo de 2011

Comentarios antológicos: Hairy4ever acerca de las mamadas

He mencionado más de una vez lo muchísimo que aprecio los comentarios en este blog. Pues Hairy4ever me he regalado uno de los más devastadores comentarios que he tenido ocasión de recibir. Por pudor, el hombre quiso remitirlo en privado. Pero creo que merece estar expuesto al público para seguir con el debate.

¡Disfrutadlo!

Hairy4cock!

Después del esperado –pero no por ello menos bienvenido- calentón que me provoca siempre la conjunción de tus textos e imágenes, mi primitiva –por calenturienta- reacción ha sido la de estar totalmente de acuerdo contigo. Pero, a medida que la erección iba en descenso, mi mente dejaba, a su vez, de estar obnubilada. Salía el animal y volvía la pseudo-persona. Y hete aquí que, despejándose el cerebro y recobrando el raciocinio, empiezan las disensiones. Sí, en plural pero, siempre, en positivo.

La primera –que, si no te importa, abordaré al final- no hace falta estirar el hilo como si el asunto fuese un chicle barato que no diese más de sí: el tema es tan largo como un cable coaxial de fibra óptica que una Tokio con Los Ángeles.

La segunda, que ataco primero, es la inversión de roles. A priori, puede parece que el felado, por excepción, adopta el papel de pasivo. Pero, pensando en las experiencias vividas, nada más lejos, según y cómo se mire. La primera imagen que nos viene a la mente es la de un tio, empalmado, patiabierto, inmóvil, estatuario, pétreo, ausente y dejándose chupar como si entre las piernas llevase una paleta de caramelo de mármol y el rostro granítico, cual si jugase la final Mundial del Texas Holdem en las Vegas. Eso en el porno, puede, vale, de acuerdo. En la vida real, ni hablar.

Cierto que cada vez más felados adoptan tal postura –estúpidamente mimética de lo mucho visto en los Pornotubes de turno- pero un buen felado puede y debe ser activo. Verbigracia: las buenas parejas de baile pueden no tener vínculo personal alguno; pero, en cambio, a la hora de danzar, se complementan de tal manera que provocan el pasmo admirativo de todos los presentes, arrancando ovaciones en cada devaneo. Porque saben, por instinto, lo que cada uno debe hacer para alcanzar la perfección. En las felaciones, lo mismo: un buen tándem felador/felado debe llegar hasta tal punto de compenetración que, verles, sea pura sinfonía. Es decir, a la hora de felar, su sincronización, su ritmo, su tempus les hace ser uno solo. Polla y boca. Cuerpo y mente. Carne y uña. Si no, son dos tipos que van, cada uno, pegando tiros por su cuenta. Eso lo hemos hecho todos, más o menos, en cualquier arrebato de calentón que nos ha llevado derechitos a toda prisa a un cine, una sauna, un parque o cualquier otra zona de “Fast Sex” a exorcizar el demonio espérmatico que todo salido lleva en sus cojones. Pero eso es como los burgers: felatio/basura.

Si buscamos la tan en boga “excelencia” a nivel felatricio, el felado debe contribuir. ¿Cómo? De mil maneras. Tu ya apuntas unas cuantas: esas manos que tocan al felador deben transmitirle, en silencio, sólo con el tacto, el grado de intensidad, satisfacción, en definitiva, el placer que el felado está sintiendo. Como un sismógrafo: segundo a segundo. Si la felación se produce con el felado de pie y el felador hincado de bruces, las manos del primero son fun-da-men-ta-les. El felador sólo recibirá de éste el contacto de la polla en su boca y de sus manos. Nada más y nada menos. Así que el felado debe aplicarse a transmitirle, con las yemas de los dedos, con las palmas de las manos, ese mensaje-porno-morse que al felador le indique el estado de situación.

Y el felador lo necesita ¿porqué y para qué? Pues, entre muchas otras cosas –seguimos fuera del Fast Sex- para evitar la cosificación. Porque si no, el felador se puede identificar perfectamente con el agujero de una papelera, del que solo se espera que sea del diámetro suficiente para que se trague la basura que le encestemos, cual Paul Gasol de las eyaculadas.

Si la felatio se desarrolla con el felado tumbado o sentado, ahí intervienen más gestos, más tactos. Otro ejemplo: que el felador, en plena faena, note cómo los muslos del felado se van cerrando a su alrededor, atrapando sus mejillas –si el felador es del tipo “orejas desabrochadas” con más motivo aún- y que ese aprisionamiento se haga también con su ritmo, su tempus, porque el felador sentirá ese calor de los muslos, el tacto del vello; notará como las carnes del felado, con el interior de sus muslosrodeándole, le amortiguará e incluso privará del sentido del oído, con lo que el felador podrá llegar a oírse el zumbido de su propio riego sanguíneo palpitando a toda velocidad. Se sentirá, “abrazado” muslonamente por el felado, envuelto en los efluvios de sus sudores y si éste es suficientemente hábil, conjugará dicho cepo con, pongamos, un recorrido con los dedos por la base de la nuca del felador, allí dónde convergen los nervios espinales antes de entrar en el cerebro, vía bulbo raquídeo. Ésa zona –tan poco trabajada- es uno de los centros nerviosos más importantes de cualquier animal. Tanto que, en tauromaquia, es donde se da la “puntilla de gracia”; que, aquí, sería el remate sexual. Si el felado lo hace bien, verá toda la espalda del mamador erizarse por el inmenso placer con el que están siendo correspondidas sus dotes de tragasables.

Y si lo hace aún mejor, aprovechará que tiene al felador en cuclillas para, con la yema del dedo gordo del pie, acariciarle el esfinter, para que el felador sepa que, si gusta, puede darse gusto –valga el requiebro- sentándose poco a poco sobre ese dedo hasta que su ano lo atrape y engulla.

Bueno, quedando como quedan variantes como el 2X1 en doble vertiene “donde come uno, comen dos” o “a mi me daban dos a comer” –cada uno de ellos, todo un tema en si mismo- podría extenderme “ad infinitum” –que verborragia no me falta- pero sirva este par de apuntes para finalizar con la primera disensión: el tema es tan largo, vasto e interesante que si bien no podemos descuidar “cómo comemos”, queda –¡y mucho!- por hablar de “qué nos comemos”. Cierto que en el primer post sobre el tema se habló de tamaños y formas, pero quedan razas, colores y texturas higienes… y sus carencias; mitos, fantasías y realidades indisolublemente asociadas a las distintas peculiaridades de la raza humana. Como también quedan los topicazos, vía “descubrimientos”: bajarle la cremallera a un albañil nos presupone unos gayumbos sudorosos y una polla con requesón caducado; mientras que si lo hacemos con un banquero, los interiores serán inmaculados y el capullo lavado con Norit. Pues la realidad desmonta una y mil veces la hipótesis. Hay obreros cuyo interior es más pulcro que una patena y financieros trajeadísimos que llevan sus honduras a tal extremo de suciedad que son todo un catálogo de escatología andante.

Y no hablo por hablar: tiempo ha, en la red había un blog de un banquero francés que exhibía con todo lo lujo de detalles los slips eyaculados, día tras día, trallazo sobre trallazo, que se ponía para ir a trabajar. Se retaba a sí mismo a ver cuántos lechazos y días seguidos era capaz de llevar encima sin levantar sospechas olfativas entre sus compañeros de trabajo. Llegó a publicar hasta fotos de su despacho en plena Défense –el Manhattan de París- exhibiendo sus acartonados calzoncillos bajo su impoluto Armani. Ah, y su audiencia de seguidores era monumental.


martes, 1 de marzo de 2011

Goliath sodomizando a David

Esta fue la constante durante buena parte de mis veintitantos:


Creo que esta foto expresa mejor de lo que soy capaz de explicar mi fascinación temprana por los osos.

Dentro del juego de opuestos que es follar con maduros a los 18 años se incluye este tipo de extremismos físicos: una barriga más grande y dura que mis nalgas; la blancura de mi piel de efebo contrastando con el burdo pelaje del otro. El hombre convertido en oso y, por tanto, provisto de una cualidad animal para el sexo. En aquella época no concebía un hombre pasivo: quería que me follaran a lo bestia; que me procesaran en una trituradora de miembros endurecidos y pelos rasposos.

Nunca he tenido ocasión de hablarlo con ningún oso. Pero sospecho que esta misma pulsión bruta subyace en la fascinación de un oso maduro por el culo de un chaser joven. Las ganas de usarlo, de romperlo. Pero al mismo tiempo de mimarlo y quererlo. Porque si no, ya me diréis qué hace el bruto de la foto con su mano derecha. Marca, pero no empuja. Para eso ya tiene esa panza de curvas perfectas.

sábado, 26 de febrero de 2011

Me gusta comer pollas: también que me follen la boca

Estirando del hilo de lo comer pollas, una última reflexión por el momento. La de hoy tiene que ver con la figura del mamado. El que en otras circunstancias sería el activo, por aquello de meter el miembro dentro de alguien, pero que en el especial contexto de las mamadas se convierte en pasivo. Aunque se mantiene la diferencia entre un pasivo-mueble que se deja hacer como un muerto y un pasivo-activo de los que colabora y mejora la experiencia. Por no hablar del pasivo-agresivo, claro.

Decía la semana pasada que una mamada debería ser una historia entre una boca y un pene. Nada más. En ese sentido, la boca gana por goleada en cuanto a recursos se refiere. Está diseñada para hacer justo el trabajo que se plantea. Poco margen de maniobra tiene el falo, excepto dedicarse precisamente a eso: maniobrar. Pero en cuanto el pene empieza a moverse más de la cuenta nos plantamos en la frontera entre la mamada y algo muy diferente: follarse una boca.



Como dije en su momento, una felación es algo mucho más íntimo e intenso que una penetración anal. Tendré una visión retorcida del romanticismo, pero cuando chupo una polla pongo algo de mí en cada lametón, en el modo de colocar mis labios y mi lengua, en el grado en que envuelvo el miembro con las paredes de mi boca. Y es realmente hermoso conocer el sabor del semen de otro hombre. Mi involucración al dejarme penetrar es igualmente intensa y totalmente orgánica, por supuesto, pero sin tanta tontería de por medio.

Por eso, que un tío irrumpa con su rabo en mi boca y me la folle es prácticamente una violación. Negar las caricias de mi lengua y limitarse a usar la húmeda calidez para el placer propio es humillante... y por eso me mata de morbo.

La cosificación del cuerpo es algo que me puede. La verdad es que es bastante común. Todo pasivo ha fantaseado con el hecho de ser empalado como un pollo a l'ast:



En cualquier caso, la que gusta de recorrer sendas limítrofes con las áreas más pervertidas del comportamiento humano es mi mente. En el mundo real no hace falta convertir cualquier pose dominante del felado en una sesión SM.

La mayoría de felados se limita a gestos de ostentación mínimos. El más común es el de ofrecer su miembro al mamón, ya sea verbalmente "toma, chupa" o con gestos explícitos si el otro se demora más de la cuenta en tonterías.


Una vez en faena, mi consejo al activo es que se relaje y goce. La mayoría no puede reprimir las ganas de extender el vínculo creado con el otro y buscan mayor cercanía usando las manos. Me gusta la idea. De hecho voy a repetir foto porque resume lo que es la perfección para mí:

Polla y cojones hermosísimos, contrapicado, lengua que acaricia y mano que conecta pero no gobierna
De nuevo se plantea el problema de las fronteras. Si bien es normal que el mamado quiera hacer algo con sus manos lo que es completamente inaceptable son esas situaciones en las que la cabeza del mamón queda prisionera de unas zarpas torpes e insensibles. Se arruina todo.


La verdad, como suele ocurrir siempre, se esconde en las estampas más normales y cotidianas.



sábado, 19 de febrero de 2011

Me gusta comer pollas: la técnica

Tras el post de la semana pasada llegamos al quid de la cuestión: ¿cómo nos gusta más comernos una polla? ¿Cómo queremos que nos la coman?

Un activo comentarista de la blogosfera encendió la mecha comentando sus particulares preferencias. Reproduzco su comentario para permanecer fiel a la idea que expuso:

(...) cuando uno come -o a uno le comen- la polla soy del parecer que sólo es la boca la que tiene que intervenir, es decir, que las manos pueden llevarse a la zona donde a nuestro amante (o a nosotros) más complazca (culo, muslos, pecho...), pero la polla sólo debe sentir la humedad y el calor de la boca que ha deseado acogerla.


Esta es una de esas afirmaciones que te hacen pensar sobre el modo en que haces las cosas. ¿Uso yo las manos cuando me trago un rabo? Si lo hago, ¿en qué circunstancias? ¿Mejoraría la experiencia no hacerlo cuando lo hago o hacerlo cuando no lo hago?

Tras una concienzuda documentación, experimentación y reflexión he llegado a la conclusión de que sí, estoy de acuerdo, en lo que a comer pollas se refiere las manos sobran.

Lo primero que me viene a la mente cuando relaciono "usar las manos" con "mamada" son las trampitas que hacía de jovenzuelo cuando, por el motivo que sea, quería hacer creer a mi felado que me estaba tragando su sable hasta el alma misma. Colocada convenientemente, una mano se convierte en un tope que nos ahorra esfuerzo pero mantiene el calorcito. Definitivamente, es una opción para vagos y/o cobardes.

¿Veis? La puntita, nada más.

De cualquier modo, siempre habrá momentos puntuales en los que las manos se conviertan en aliados necesarios para llevar la cosa a buen puerto. Y nunca mejor dicho cuando la posición del mamado convertiría el tragarse su rabo en un juego de contorsión y habilidad extrema:



 O también cuando nos salimos del clásico guión uno-contra-uno:
 

Pero una vez salvada esta parte, convengo en que la propia felación debe ser un trabajo puramente bucal: una comunión entre la boca y el miembro viril.



El factor humedad que señala el lector del comentario es vital. Pero, al mismo tiempo, la boca ofrece un punto de unión mucho más significativo. Es mucho más personal e íntimo meterse una polla en la boca que por el culo. La penetración anal es puro instinto, la reproducción de algo que llevamos escrito en los genes desde hace miles de años. La implicación de dejarte penetrar puede llegar a ser mínima: te tumbas, abres el esfínter y ya está. A partir de ahí puedes dedicarte a hacer sudokus mientras esperas que el refrote del activo culmine en su eyaculación. Cuando te comes una polla TE LA COMES: usas hasta el último recurso de tu boca (menos los dientes; no es aconsejable) para procurar placer. Esa misma boca con la que hablas, comes, ríes y besas. Hay una diferencia radical entre acoger un pene en tu cabeza misma que al final de tu tracto intestinal.

En definitiva: chupar pollas es lo más maricón que puedes llegar a hacer. Procura recordarlo la próxima vez que acompañes a tu esposa a las rebajas de El Corte Inglés.

sábado, 12 de febrero de 2011

Me gusta comer pollas: la materia prima

Alguna vez he comentado aquí lo liberador que es tener un blog anónimo para poder decir burradas con todas las letras. Entendiendo como burradas cosas que no dirías en la sobremesa del domingo en casa de tus padres. Hoy suelto otra: me gusta comer pollas.


Lo mejor es que no sólo lo puedes poner de titular y escribir ampliamente sobre ello. Luego viene alguien que comenta sobre ello. Y luego otro. Y quizá otro más. Finalmente se genera debate sobre un tema común: nos gusta comer pollas. Y tu confesión se convierte en algo compartido, lo cual es muy bonito. A Cuca le daría un ataque. Pero es bonito.

Hace un tiempo surgió no sé dónde este tema. Ya no sé si fue aquí o en Vellohomo. O fue un comentario cruzado de alguien. No sé. La cuestión es que alguien puso sobre la mesa el debate de cuál es el mejor modo de comerse una polla. Así que le he dado vueltas al asunto y compartirlo en un par de entradas específicas. He aquí la primera:

La materia prima

Incluso a estas alturas de comepollas indiscriminado sé distinguir una buena polla de otra no tan buena. Malas no hay, claro. Pero igual que hay muchos que no sabemos cantar, hay pollas que no se han hecho para mamar. Seguramente sean maravillosas para otros menesteres. Pero no para llevarlas a la boca. 

El factor apetitoso de un miembro está, por supuesto, en la mente del mamador. A veces el instinto de mamón puede más y aparcas tu cabecita a un lado para sacarle brillo a un sable anodino. Pero siempre tenemos unos principios. Si no proceden, tememos otros.

Las pollas que disfruta más mamando tienen la mayoría de estos rasgos: 

1) Grandes

Me da igual que el tamaño importe o no. Pero en una buena comida de polla hay un factor decisivo: el recorrido. Debes poder pasar tu lengua y tus labios de un extremo a otro del miembro. Si no hay extremos, si tu boca es igual de ancha que largo es el pene, hay que cambiar la estrategia. Y no es lo mismo.

Mira... no.

 2) "Uncut"

Disculpad el anglicismo. Pero lo de "cortadas" y "sin cortar" me parece realmente significativo. Da la medida de lo que me parecen las pollas circuncidadas. Hablo, claro, desde una perspectiva 100% mamona. Curiosamente, para la penetración anal me motiva mucho más una polla sin pellejo. Como si tanto repliegue de piel pudiera entorpecer la mecánica penetradora del miembro. Pero, en cambio, un prepucio es lo más divertido que te puedas echar a la boca: lo subes, lo bajas, metes la puntita de la lengua por debajo, lo usas cual parabrisas para repartir el líquido preseminal por el glande...

Oh, sí.
3) Definidas

Hay tipos que tienen entre las piernas un manojo de piel y pelos, donde lo más representativo que encuentras son venas gruesas. No motiva nada acercarse a mamar un rabo mientras en tu cabeza suena el glugluteo de un pavo.

De todos mdos, no quiero hacer apología de las macroerecciones. A la foto anterior me remito. Al final parecerá que lo que quiero es una polla de dureza y tersura comparable al latex. Me molan los rabos reales. Aunque eso sí con cierto sentido de la proporción y la estética.

Como dicen, los extremos son malísimos:

Es que ni una ni otra. Sobre todo la otra, también es cierto.
4) Con cojones

Por culpa de este blog he ido desarrollando una filia por los cojones de los tíos que antes no tenía. Igualmente, y disculpad el juego de palabras, siempre había incluido todo el paquete en mis mamadas. Pero es que ahora voy descubriendo una fuente de poder erótico y de posibilidades de juego que antes no veía.

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