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martes, 28 de diciembre de 2010

Viejos conocidos

Dios
Aparición estelar: Japoneses, ¿realidad o ficción?

Ya ni siquiera sé si es japonés, colombiano o de otro mundo. Sólo sé que soy todo suyo.


Premio de consolación
Aparición estelar: Premio de consolación
Ahora alguien tiene que consolarme a mí por haberle hecho un feo a semejante pedazo de macho.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Mishima y yo

Hoy cierro el círculo obsesivo con la figura de Yukio Mishima. Decía al principio de todo esto que la identificación con este escritor japonés ha ido creciendo a lo largo de los años. Nuestra relación ha sido gradual: primero llegó su foto, luego vino su obra y, mucho tiempo después y ya en una edad más adulta, he ido descubriendo su biografía.
Me resulta casi sobrenatural el hecho de habérmelo ido encontrando periódicamente. Incluso en momentos en los que mi atención estaba puesta en otros iconos o temas. Mishima siempre ha acabado asomando por ahí.

Culpa suya es mi interés por lo nipón. Estirar del hilo de su obra significó leer a autores relacionados, como su mentor Yasunari Kawabata. Otro loco que se suicidó. Eso sí, después de ganar un Nobel de literatura. Para mí fue inevitable empezar a bucear en la cultura japonesa, después de zambullirme en un ambiente tan extraño y lleno de morbo.
La obra de Mishima me resulta especialmente emotiva. Ya os puse de ejemplo sus narraciones sobre homosexualidades latentes. Yo no he necesitado una máscara, afortunadamente. Pero el despertar sexual es algo que todos hemos hecho solos. Aunque buscáramos compañía a los cinco minutos.

Mi identificación con esa escena es abrumadoramente literal. Fui educado en un ambiente muy religioso. Católico. Los primeros torsos desnudos que vi fueron los de los mártires. Los Cristos crucificados. Un imaginario de poderoso contenido dramático. Que apela directamente a las emociones, lo atávico que llevamos dentro. Sé perfectamente que esas imágenes te colocan en un estado anímico y mental especial. En aquel momento, la fe envolvía esas imágenes con un manto protector. Aún hoy, me resisto a convertirme en un iconoclasta pajillero. Pero reconozco el poder de esas figuras. Incluso antes de saber que San Sebastián es poco menos que el patrón de los gays, yo ya sentía fascinación por él. Por las figuras contorsionadas del Barroco. Por sus cuerpos decadentes y apaleados.
De ahí que Mishima exacerbe mis pulsiones sadomasoquistas: físico poderoso y actitud de tirano. Militar. Fascinado por el dolor y la muerte. Con un imaginario presidido por espadas afiladas y puntas de flecha. Nostálgico de un tiempo donde los hombres daban la vida por su señor. Nacido en un país donde los ritos basados en la jerarquía se expresan en algo tan cotidiano como el saludar. Homosexual trágico. Congelado para la eternidad en unos suficientemente maduros 45 años.

Lo mejor de los mitos es que puedes reunirte con ellos cuando quieres. Tomando alguna de sus obras entre las manos. Viendo alguna de sus películas. Compartiendo tus confesiones sin máscara con el mundo. Al fin y al cabo, estas entradas a tumba abierta me acercan un poco más a él. Salvando, claro, el abismo de distancia.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Mishima, 40 años después

Yukio Mishima era un loco. Una de esas criaturas con un destino claramente marcado incluso antes de nacer. Y una vida que ya está escrita no puede ser menos que impresionante. Dramática. Llena de fuerza hasta en las anécdotas. Mishima se lanzó con delirio a representar el papel que le había tocado. Vaya si lo bordó.

Su infancia estuvo marcada por una abuela tirana, violenta y medio loca. Al niño Mishima le enseñaron a golpes que había nacido para ser un príncipe guerrero. Honorable descendiente de una saga de samuráis. La consecuencia lógica de esta educación es un adulto fascinado por la violencia y que venera la figura del Emperador. Yendo un paso más allá tenemos a un ultranacionalista radical, de quijotescas aspiraciones de gloria. Al que, por desgracia, le ha tocado vivir el momento más humillante de la historia japonesa: la derrota en la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de facto del ejército norteamericano.

El frenesí interior de Mishima desbordaba de un modo tan poderoso que llegó a transformarlo físicamente. El fervor y fanatismo de un niño debilucho y escuálido lo llevaron a ser un hombre de físico exultante. Furioso. Pura encarnación del vibrante delirio en el que vivía.


La mayoría de fotos de Mishima desprenden una fogosidad vital arrebatadora. Su narcisismo no tenía límite. Su idealismo político, menos. La ira ante la decadencia moral y social de su Imperio era infinita. También su pena.

Sus planteamientos ideológicos, despojados de idealismos románticos, eran los de un monstruo. Por eso sorprende que, en sus múltiples contradicciones, Mishima mostrara una sensibilidad extrema. La mayoría de sus obras son descarnadas autobiografías maquilladas.

A los 24 escribió “Memorias de una máscara”. Os dejo un enlace a un blog con un fragmento de la novela. Es una muñeca rusa: los lectores fascinados ante la fascinación de un personaje de ficción que canaliza la fascinación de un escritor.

Que alguien se atreva a decir que no se siente identificado con esta escena. Que no ha recordado su propio despertar sexual. A veces, con los estímulos más inesperados. Estudiar el propio glande con curiosidad extrema. Admirar el semen derramado como algo ajeno. Nuevo. Símbolo de un algo aún confuso e incontrolable.

Pero Mishima, cómo no, tenía que ir más allá. Ser un perturbado parece inherente a los genios. Y cuánta perturbación produce la represión sexual. Cuánto arte ha generado la castración social de un artista con una sexualidad torturada. A veces pienso que si nuestra generación produce Lady Gagas en vez de Dalís es por culpa de la liberación (homo)sexual. Lo hemos banalizado todo: el Eros y el Thanatos. Nos mató la desidia.

El caso es que el mito de San Sebastián es de una identificación tan brutal con la figura de Mishima que resulta hasta dolorosa. Trágica. De un patetismo que abarca toda las connotaciones del término.

Ponle un San Sebastián delante a un maricón y verá a un chulazo siendo penetrado por todos los sitios imaginables, alcanzando un éxtasis que mezcla dolor y placer. Pónselo delante a Mishima y acabará haciéndose retratos de esta guisa:


De hecho, Mishima terminó sus días siendo mártir. Desgarrando sus entrañas y esparciendo sus tripas por el suelo. Se inventó una última carga contra sus molinos de viento para darle mayor empaque dramático a su final. La suya fue la muerte teatral del héroe que perece en una última carga heroica.

La dramaturgia del acto fue ampliamente superada por la realidad: el amante de Mishima, encargado de decapitarlo y darle la liberación definitiva, falló. Hasta tres veces le negó una salida honorable. El fracaso hizo que él terminara con su vida y cruzara el umbral junto a Mishima.

De esto hace hoy exactamente 40 años. Si Yukio Mishima no hubiera existido nunca, el niño Kimitake Hiraoke podría ser ahora un venerable anciano de 85 años. Con sus éxitos y sus fracasos en la vida, pero fundamentalmente gris. Pero Mishima sabía desde muy pequeño que iba a morir joven. Sin dejar que su cuerpo entrara en decadencia. Inmolándose en un estallido mediático que alumbraría generaciones posteriores. 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Mishima: mi espectro favorito

La fascinación que siento por Yukio Mishima ha ido en aumento a lo largo del tiempo. Según iba recogiendo nuevos datos biográficos. Con cada libro suyo que leía o releía. Cada vez que descubría en mi propia vida un eco de la de este hombre trágico y grandioso.

En mi preadolescencia de niño debilucho y empollón pasaba ratos muertos hojeando la enciclopedia de casa. Es otra confesión al estilo de las de este blog. No me atrevo a comentar en una reunión social que me gusta que me follen. Tampoco a contar que pasaba tardes enteras bajo la mesa del comedor leyendo una Larousse a color. Bendito anonimato de la red.

Ese libro fue una puerta al mundo exterior. Un entrañable sendero complicado y pedregoso que en nada se parece a las autopistas de la información de hoy. Se nota que me hago mayor porque convierto viejos recuerdos en historias de Michael Ende. El caso es que en esas páginas obtuve rotundos mazazos de realidad. Por ejemplo: la ilustración de “Anatomía” era una foto en blanco y negro de un culturista completamente desnudo. Del mismo modo, la entrada “Yukio Mishima” estaba ilustrada con esta misma fotografía:


Mi mente infantil se cortocircuitó ante la energía que desprende la imagen. Obviamente, carecía de los mecanismos para decodificar la naturaleza de dicha fuerza. Pero algo en mí conectaba de un modo rotundo con ella. Estábamos en sintonía.

La desnudez del sujeto era, en sí misma, el primer impacto. La cantidad de piel expuesta colocaba esta imagen directamente en el terreno de lo prohibido. De adulto he renegado de los cuerpos musculados y aceitosos. Pero la cualidad vibrante del cuerpo de esta fotografía despertará para siempre en mí una fascinación auténtica e infantil. No digamos ya en ese primer momento de descubrimiento.

La katana, el pañuelo y los rasgos occidentales añadían, en mi ignorancia, dimensiones casi mitológicas al personaje. La tosca vellosidad del pecho, vientre y, sobre todo, del brazo, me inquietaban. Descubrían versiones lejanas de las costumbristas pelosidades de los papás del vecindario.

Traer de vuelta mis recuerdos de infancia en este blog hace que tomen una relevancia dramática. Pero, aunque me da vergüenza por lo cursi, no creo ir desencaminado si atribuyo a esta imagen de Mishima el inicio de mis pasos adolescentes hacia la madurez. No sólo alimentó mi homosexualidad sino que, además, destruyó definitivamente mi mundo de literatura infantil y juvenil.

Más tarde, de mayorcito, el fantasma de Mishima me ha guiado de una manera decisiva. Es otras de esas cosas que surgen en la parte psicoanalítica de este blog. La culpa no es de un papá que me quería poco o de una mamá que me quería mucho. La culpa es de un japonés tarado que deja una marca indeleble en mentes impresionables.

El fantasma de Mishima volverá a aparecer inevitablemente en este blog en este mes de noviembre. Pero hoy es un día idóneo para que saludéis a mi espectro favorito.

lunes, 9 de agosto de 2010

Fetichismos: japoneses

Insisto en que no es necesario que sean realmente japoneses. Lo de mis fetichismos es sólo una etiqueta. Pero a este tío en concreto, sea de donde sea, lo rellenería de leche hasta que le saliera por las orejas.


Y me sabe incluso mal, porque tiene una pinta de buenazo que no puede con ella. Pero uno no enseña el prepucio de ese modo si sólo busca amigos, ¿no?

.

lunes, 14 de junio de 2010

Japoneses: ¿realidad o ficción?

Nunca he sido fetichista de una raza en concreto. No me dicen nada especial los negros, ni los latinos, ni los asiáticos. Por lo menos ni más ni menos unos que otros. Siempre que cumplan alguno de mis fetichismos me dan igual de morbo sean de donde sean.

Sí que es verdad que hay estereotipos raciales más alejados de mis fantasías. El de asiático imberbe y aniñado es uno de ellos. Pero siempre hay alguien dispuesto a ampliar tus horizontes:



Gengoroh Tagame es un dibujante japonés. Sus dibujos son como bombas. Contienen la mayoría de etiquetas que podéis ver en este blog: cachas peludos, barbas, bigotes…



… ¡y sadomasoquismo!

Siguiendo a este autor tuve que cambiar mi concepto de los japoneses en particular y de los asiáticos en general.

También me atreví a ir un poco más allá en mi concepto de la sumisión y el masoquismo. Si me excitaban tanto escenas tan explícitas por algo sería.

 
Poco a poco fui construyendo mi propio arquetipo. Fui víctima de otro tipo de prejuicios. En mi mente, los ositos japoneses escalaron posiciones en la escala de vicio. Incluso la personalidad dominante y extremadamente formal que siempre se asocia con los japoneses parecía encajar en mi fantasía.

Yo estaba muy satisfecho con mi ilusión. No concebía que el loco mundo del manga erótico tuviera un hueco en el mundo real. Me conformaba con soñar que un señor feudal de pecho anchísimo y peludísimo reclamaba su derecho sobre mí y me raptaba, me ataba y me violaba repetidas veces.


Lo malo es que llegó el día en que supe que existían hombres como éste:


Y son de verdad. Y están ahí. En la calle.
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